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JUDAS PRIEST Y OPETH EN MÉXICO: AUTÉNTICOS MONSTRUOS DE LOS ESCENARIOS

Por Eric Novelo

Fotografía: cortesía Zignia Live

Lo que vivimos el pasado domingo 4 de mayo en Ciudad de México es irrepetible. El combo de dos auténticos monstruos de los escenarios, Judas Priest y Opeth, llegó a la Arena CDMX gracias a la producción de Zignia Live.

Pocas veces me toca escribir acerca de un evento que conjuga a dos de mis bandas favoritas en la vida. Por esa razón, me permitiré extenderme un poco más y hacer de ésta un híbrido de crónica y reseña para explicar cómo se vivió este concierto sin precedentes.

MONSTERS TOUR

Primero, lo primero. Tener a Opeth como acto abridor de Judas Priest es un auténtico lujo. Pocas veces verás a una de las bandas más consagradas de un subgénero, en este caso el progresivo, abriéndole a otra banda de aún más renombre, como los “Metal Gods”.

¿Ha ocurrido antes? Sí, sin duda. Podemos remontarnos a finales de los 90, cuando Pantera abrió el concierto de Metallica en el otrora Foro Sol y llovieron sillas encadenadas. Después, en 2013, vimos cómo un incipiente Ghost acompañaba a Slayer y Iron Maiden en el mismo recinto. Más recientemente, recuerdo ver a los maestros del melodeathIn Flames, abriendo un concierto de Deep Purple también en la Arena CDMX.

Lleno total en la Arena CDMX para presenciar el Monsters Tour con Judas Priest y Opeth

Ejemplos hay, pero una vez más, son garbanzos de a libra. Tener en un lapso de dos horas a Mikael Åkerfeldt y Robert Halford es algo que no pasa todos los días, y más raro aun cuando es en un contexto no festivalero.

Por todo lo anterior, no es de extrañar que la Arena CDMX haya sido soldout, con un total estimado de 18,000 personas presenciando este impresionante Monsters Tour (aunque vale la pena aclarar que sí se notaba uno que otro espacio vacío en cancha B).

OPETH: ¿QUEDÓ A DEBER?

La agrupación comandada por Mikael Åkerfeldt es sinónimo de elegancia e inventiva. Quizá esté exagerando, pero me atrevo a decir que Opeth es de las bandas que mejor representan el refinamiento musical que tanto se presume entre los círculos metaleros. Hay voces guturales y limpias, hay canciones cortas y largas, hay mística, emoción y complejidad. Si no conoces bien a Opeth, te invito a escuchar de principio a fin discos como Blackwater Park (2001) o Ghost Reveries (2005) para adentrarte en esta exquisitez musical.

Mikael Åkerfeldt con su tradicional sombrero, dando inicio al show de Opeth

Dicho esto, la presentación de este concierto en particular me pareció mediocre; buena, pero insuficiente. Quizá porque se sabían teloneros de Judas Priest, o tal vez tuvieron condiciones más limitadas, con un setlist constreñido a una hora exacta, pero el performance de Opeth se sintió desalmado, y hasta un refrito.

Tres canciones inéditas en México empezaron el espectáculo, y de ahí, poco más. El resto del show se concentró en las mismas canciones de siempre, especialmente con el final trillado de “Deliverance”.

THE LAST WILL AND TESTAMENT… Y POCO MÁS

A las 9:00 p.m. en punto presenciamos a los suecos (y nuestro colega uruguayo en el bajo) inaugurar la noche con “§1” (Paragraph 1), canción que abre su más reciente álbum The Last Will and Testament (2024). Vimos a Åkerfeldt portando su tradicional sombrero negro, a Martín Méndez con un gorro de invierno y un look más relajado, además de FredrikJoakim y Waltteri exhibiendo su talento.

Poco después, una sorpresa, pues la banda tocaría “Master’s Apprentices”, una de esas canciones raras pertenecientes a su álbum Deliverance (2002). Tras esta rola, Mikael se presentó como “Miguelito, el Piñata González”, por lo cual el público coreó desaforadamente “¡MIGUELITO, MIGUELITO!”

Ante esa atmósfera exultante, Opeth continuó con “§3” (Paragraph 3), otro debut en México de esta reciente pieza. Aunque el audio estaba decente, me pareció que hacían falta muchos bajos, y que los medios y los toms se estaban comiendo a los demás instrumentos en la mezcla.

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Martín Méndez, bajista de Opeth (izquierda) y Fredrik Åkesson (derecha), guitarrista.

Hasta aquí todo bien, pero luego empezó mi decepción. El repertorio restante, aunque se trató de grandes canciones de la banda como “Ghost of Perdition” (de mis favoritas), “In My Time of Need”, “Sorceress” (precedida por un gran solo de bajo) y “Deliverance”, se sintió como un déjà vu. Quienes fuimos a sus recientes conciertos en Auditorio BB (2023) y Teatro Metropolitan (2017), hemos visto esto y mucho más.

Personalmente, lo que me pareció más interesante fue la anécdota que contó Mikael sobre la vez que Judas Priest le regaló su autógrafo durante la gira del disco Ram It Down.

Público emocionado en la Arena CDMX

Si esta vez fue la primera que presenciaste un show de Opeth, estoy seguro de que lo disfrutaste mucho. Si, por el contrario, ésta fue tu cuarta, quinta o hasta sexta vez (como su servidor), es probable que te hayan quedado a deber.

A las 10:00 p.m. terminó esta adecuada, pero desangelada presentación de los maestros del death metal progresivo.

JUDAS PRIEST: LOS METAL GODS

Me tocó ver en redes sociales que la gente preguntaba: “¿Quién abrirá el concierto de hoy, Opeth o Judas Priest?”, una cuestión entendible porque ambas bandas son reyes en sus respectivos estilos. Sin embargo, tras este concierto, no me queda la menor duda de que Judas Priest se lleva de calle a Opeth en desempeño escénico.

Con más de 50 años de experiencia, Rob Halford tiene unas tablas como pocos, además de una de las voces más emblemáticas del heavy metal. Junto a él, Ian Hill y Scott Travis, bajista y baterista legendarios que han sabido capitanear el barco del éxito. Finalmente, Richie Faulkner, guitarrista (¡y sobreviviente!) como pocos, además de Andy Sneap, reemplazo de Glenn Tipton en vivo.

Richie Faulkner (izquierda) y Andy Sneap (derecha), guitarristas de Judas Priest

Antes de que arrancara la presentación de los dioses del metal, pudimos leer una enorme pancarta con la inscripción:

United we stand, Divided we fall. Defenders of metal, for one and for all. Keeping the faith, honour and pride. Strength in this bloodline, God on our side. Eternal immortal, metal burns bright. Lifting our horns, ready to fight. Stand and bare witness, with all of our might, as we raise the invincible shield.”

Sin duda, una bella descripción del pasado y presente de los dioses del metal.

CINCO DÉCADAS DE HEAVY METAL

La gran mayoría de los asistentes estaban en la Arena CDMX para ver a Judas Priest. En el ambiente se podía palpar la emoción y la tensión del público que ansiaba el inicio de este concierto. A las 10:36 de la noche, empezó a sonar “War Pigs”, himno del metal perteneciente a la también banda oriunda de Birmingham, Black Sabbath.

Robert Halford, la legendaria voz de Judas Priest

A partir de ahí, todo fue desenfreno. Judas Priest arrancó con “Panic Attack”, sencillo de su más reciente lanzamiento, Invincible Shield (2024). Además de su incuestionable talento, el show de los “Metal Gods” estuvo bien aderezado por visuales que complementaban la intención lírica de cada canción.

En “You’ve Got Another Thing Comin‘”, segunda rola de la noche, la audiencia saltaba y bailaba. En el escenario, Halford cambió su gabardina plateada por una negra, y en el fondo veíamos imágenes de obreros, mujeres trabajadoras, cadenas, ferrocarriles y toda la industria siderúrgica inglesa que inspiró a los padres fundadores del metal.

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Richie Faulkner, guitarrista de Judas Priest

Con el cierre de esta canción, por fin escuchamos el saludo de Halford: “Hello Mexico! The Priest is back!”, gritaba mientras el público le respondía con una descomunal ovación. A partir de ahí, nos llevaron a un viaje a través de cinco décadas de música, pasando por 10 discos de su longeva carrera musical.

MOMENTOS CUMBRE

Elegir los mejores momentos de este concierto de más de 100 minutos es complicado, pero quisiera hacer énfasis en cuatro canciones donde sentí un aura distinta, tanto por la conexión con el público como por la interpretación de la banda.

La primera ocurrió con “Breaking the Law”, uno de los muchos himnos metaleros y que puso a la gente a gritar y saltar de la emoción. Además, a diferencia de otras ocasiones, ¡ahora sí la cantó Halford en vez del público!

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Andy Sneap, guitarrista en vivo de Judas Priest que ha suplido en los últimos años al emblemático Glenn Tipton

Otro momento especial ocurrió con “Love Bites”. No sé si fueron los visuales de Nosferatu, o el hecho de que no siempre regresan a su álbum Defenders of the Faith (1984), pero escuchar este tema me pareció refrescante y divertido. ¿Será porque está reciente en el imaginario colectivo el remake de Robert Eggers?

Después, me llevé una muy grata experiencia con “Victim of Changes”, canción perteneciente al segundo disco de Judas Priest, Sad Wings of Destiny (1976). Aquí percibí un audio muy bien ecualizado, además de escuchar mejor que nunca el juego de las dobles guitarras, sello característico de la banda. La nostalgia brotó a tope cuando en los visuales vimos imágenes del espectacular Glenn Tipton, uno de los guitarristas más completos en la historia del género.

Finalmente, el momento más enérgico de la noche ocurrió cuando Scott Travis compartió al púbico que su gira por Latinoamérica terminaba de la mejor manera, tocando en México. Tras ello, dio paso a la avalancha de percusiones que inician “Painkiller”, la canción que más prendió al público en toda la noche.

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Scott Travis, baterista de Judas Priest

Además de las anteriores, mención honorífica a canciones sumamente divertidas como “Turbo Lover” y “Riding on the Wind”, estampas de la versión ochentera de Judas Priest.

ENCORE

Tras el clímax de “Painkiller”, los británicos regresaron para interpretar tres canciones más a modo de encore. Una vez más, se iluminó la cruz de Judas Priest y escuchamos la pista de “The Hellion”, siempre preámbulo para otro hit de la banda, “Electric Eye”. Los visuales mostraban un satélite, el ojo eléctrico y su mirada teledirigida, que escrutaba al público devoto del heavy metal.

Después, Halford saltó al escenario en su tradicional motocicleta Harley Davidson y un prominente sombrero charro para presentar otro éxito, “Hell Bent For Leather”. Aquí, sin embargo, noté menos responsivo a un sector del público, lo cual me pareció especialmente curioso.

Finalmente, la fiesta metalera se terminó con otro clásico de los 80, “Living After Midnight”, interpretada precisamente algunos minutos después de la medianoche capitalina. Con este magnífico cierre, la gente pudo abandonar la Arena con una enorme sonrisa en sus rostros.

VEREDICTO

Pese a mi desazón con Opeth, no quisiera confundir a mis lectores haciéndolos pensar que el concierto fue un desatino. Por el contrario: ver a Opeth y Judas Priest en una misma noche de metal sigue siendo un deleite para los oídos.

De Opeth me quedo con su brillantez e inconmensurable talento. De Judas Priest, con la bellísima experiencia de viajar por su época dorada musical y lo divertido que son de presenciar en vivo.

Esta clase de conciertos son los que están diseñados para maravillar a gente de todas las generaciones, y seguir alzando la mano cornuda hasta que el cuerpo aguante. ¡Enhorabuena a las bandas, el público y la productora!

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