El 20 de enero de 1982, durante un concierto en Des Moines, Ozzy Osbourne hizo lo impensable: morder la cabeza de un murciélago real que un fan lanzó al escenario.
Aunque Ozzy creyó que era de goma, el animal era real, y el icónico vocalista tuvo que recibir múltiples vacunas contra la rabia después del show.
Este momento, grotesco y legendario, se convirtió en símbolo del exceso y la teatralidad del metal, marcando para siempre la carrera de Ozzy y el imaginario de Black Sabbath.